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¿Enterrando a Durkheim?

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Una de las actividades preferidas del sociólogo Bruno Latour en el último tiempo ha sido criticar a su clásico compatriota E.Durkheim. Esto lo ha realizado en múltiples textos, discusiones e incluso representaciones teatrales. Hasta donde entiendo, el argumento general de Latour se centra en dos elementos de los que Durkheim sería culpable: (1) considerar lo social como causa más que como algo que debe ser explicado, y (2) entender lo colectivo como una “nube metafísica” a la cual sería posible aproximarse mediante estadísticas que agregan datos individuales. Latour ha candidateado a dos nuevos héroes para la solución de cada uno de estos problemas, respectivamente, H. Garfinkel y G. Tarde. Todo esto es más fácil de entender si nos enfocamos en la investigación empírica más famosa de Durkheim: El Suicidio. En esta obra, Durkheim intenta entender una de las decisiones más individuales posible: quitarse la vida. Obviamente, no niega la relevancia de la decisión personal, sin embargo, sugiere que si consideramos información estadística proveniente de censos nacionales, es posible dar con ciertas regularidades: las tasas de suicidio varían según estado civil, religión, u ocupación. La conexión entre ambos elementos se debería a que el suicidio, no es sólo un elemento individual pero tiene que ver con la forma como nos relacionamos con lo social. En particular: Durkheim sugiere la existencia de tres tipos de suicidios conectados con diferentes tipos de relación con lo colectivo: egoísta, altruista y anómico.

Entonces, además de asumir lo social cómo la principal variable independiente, para Latour es muy cuestionable que Durkheim asocie algunas tablas estadísticas con “lo colectivo”. A su juicio, esto quizás tiene que ver con el desarrollo de datos estadísticos censales. El desarrollo de un nuevo datascape donde se hace posible abstraer categorías agregadas hace posible concebir imaginar un nivel colectivo externo y coercitivo. En otras palabras, para Latour, las teorías sociales se relacionan con los tipos de datos disponibles. Esto es muy importante, pues hoy nos enfrentamos a un nuevo contexto, donde datos sociales no sólo agregan cuantitativamente, sino que crecientemente adjuntan información discontinua de múltiples niveles: cómo entrevistas, redes, imagenes, textos, etc. Esto es lo que M.Savage ha denominado como un descriptive assemblage, y que el mismo Latour explica con más detalle en esta presentación. Entonces, para este nuevo tipo de datos es necesaria una nueva noción de lo social, que no sólo agregue unidades en un nivel más abstracto, sino que considere conjuntamente las pasiones, experiencias y la infinidad de lo individual y lo agregado. Para Latour, paradojalmente la teoría para este tipo de método ha estado disponible desde incluso antes que Durkheim, escondida en el trabajo de su antecesor en el Colegio de Francia Gabriel Tarde.

No es este el lugar para intentar explicar esto en detalle ni menos para siquiera intentar evaluar si Latour ha leído con suficiente detalle a Durkheim. Sin embargo, creo que hay una pregunta que es muy importante hacerse y que surgió más los comentarios de N.Rose y otros en este evento): ¿qué hacemos con Durkheim? En un primer nivel, la respuesta de Latour es clara: Durkheim para lo social como censo, Tarde, para conectar la pluralidad de datos con que contamos hoy. Sin embargo, Rose y Latour parecen acordar que pensar lo social como una unidad abstracta, a la cual nos “sentimos apegados”, y nos podemos aproximar mediantes encuestas y censos no es sólo buena o mala ciencia: es simplemente real. Es parte de cómo lo social se sigue produciendo por instituciones, encuestas, políticas públicas, etc. Durkheim y la sociología a la Durkheim han sido centrales en producir lo social y las categorías sociales tal como las conocemos. Entonces, en un segundo nivel: Durkheim performa lo social. De esta forma, la pregunta es más que si enterramos a Durkheim, es si estamos dispuestos a pasar a Durkheim del set de herramientas con que “conocemos los social” al set de actores relevantes de una historia de la producción de lo social.

Entonces, volviendo al ejemplo, para entender para hacer un estudio como el de Durkheim hoy, nos preocuparíamos de seguir la cadena compuesta por el múltiple conjunto de elementos que terminan en suicido: personas, documentos, hospitales, estadísticas. Pero al mismo tiempo, para estudiar el Suicidio tendríamos que intentar entender cómo esta obra produce lo social. Quizás entonces deberíamos considerar que tanto sobre explicar las condiciones sociales de la muerte, este es un libro orientado a probar la existencia de lo social. De esta forma el desafío sería explicar como pasamos desde un mundo donde lo social debía justificarse a uno donde se dar por supuesto, y el papel que cumplió Durkheim en todo esto.

José Ossandón

Clasificando Clasificadores

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No soy experto en clases sociales, pero me interesan cada vez más las clasificaciones. Clasificaciones son procesos donde elementos muy diferentes son conectados y comparados bajo una unidad más común más abstracta. Hay muchos tipos de clasificaciones. Algunas comparan personas, pero hay muchas otras que conectan unidades diferentes, tales como organizaciones, ciudades, libros, etc. Al mismo tiempo, las clasificaciones funcionan en diferentes escalas. Así es posible diferenciar entre clasificaciones públicas, donde sabemos los criterios utilizados y además estamos de alguna forma todos incluidos en ellas (como el CENSO), otras que son semi-públicas, donde vivimos sus consecuencias, pero no conocemos necesariamente los criterios de evaluación (cómo cuando nos ofrecen un crédito en el banco), o simplemente privadas (cómo cuando ordenamos nuestros libros). Además las formas de clasificación varían históricamente, por lo que formas de organización diferentes nos parecen absolutamente sin sentido, y nuevas clasificaciones permiten aparición de nuevos actores y formas de administrarlos.

Algunos sociólogos, como Luc Boltanski y Laurent Thevenot, han estudiado la producción y relevancia de clasificaciones en mundo actual. Thevenot ha discutido cómo clasificaciones cuantitativas simplifican y aumentan la fluidez en intercambios sociales, pero al mismo tiempo dependen de grandes inversiones cognitivas y económicas. Clasificación es un proceso continuo e iterativo donde debemos lidiar todo el tiempo con posibilidades ambiguas o que no sabemos donde incluir. Al mismo tiempo, la construcción de clasificaciones, en especial si se trata de categorías públicas, es un proceso abierto a controversias y conflictos políticos. Piénsese por ejemplo en los requisitos estadísticos que debe cumplir Chile para ingresar a la OECD o en las muy largas discusiones en torno a cómo entender la categoría del “marginal” en la sociología de los sesentas en América Latina. Al mismo tiempo, las clasificaciones públicas no se quedan en recopilaciones estadísticas, sino que a su vez devienen parte de nuestros recursos cotidianos, a los que referimos a la hora de organizar las personas que nos rodean e incluso cómo formas de establecer diferencias legítimas e injustas. Por ejemplo, generalmente sabemos dónde “situar” a personas en categorías Censales, cómo también discutimos sobre lo justo o no de la clasificación actual de alguien.

En las ciencias sociales las clasificaciones son centrales. Los sociólogos generalmente nos hemos concentrados en la agrupación de personas en términos de “categorías ocupacionales” y más generalmente “clases sociales”. Este  tipo de clasificaciones cumplen con mayor parte de los elementos de las categorías públicas ya mencionados. Clases sociales permiten clasificar a toda la población. En efecto, generalmente la crítica a un tipo de categoría suele relacionarse con aparición de “grupos residuales” (tal como el “marginal” o más recientemente “los excluidos”). Al mismo tiempo, desde clases sociales es posible dirimir entre diferencias justas (o al menos esperables, tales como diferencias relacionadas con desempeño), injustas (que aparecen cómo explotación), e incluso peligrosas (para l “integración social”). Tal como han ilustrado enfoques más micro-sociales, las clasificaciones ocupacionales no son sólo un recurso de investigadores, sino que son utilizadas todo el tiempo por personas para ordenar a otros, situarse a sí mismos y en general producir una sensación de “autenticidad”. Al menos desde Marx, sociólogos nos hemos preocupado por entender la tensión práctica entre clase como categoría abstracta y una categoría que vivimos, utilizamos para identificarnos y para orientar nuestra acción política.

Por supuesto, sociólogos no somos los únicos en el negocio de  producir clasificaciones públicas de personas. Tal como ilustra un libro recién publicado hoy en día compartimos este rol con otros profesionales provenientes de los estudios de mercado y también de la economía (pdf). En este contexto, suelen aparecer diferencias respecto a las limitaciones específicas de cada modelo de ordenamiento (problemas de representación de determinada categoría pdf), cómo también tensiones a la hora de decidir entre qué forma de clasificación utilizar (pdf) (clase media en la mitad del ingreso, como tipo de ocupación, o  cómo C3). Discusiones pueden incluso ir más allá, cuestionando la política asociada a diferentes formas de clasificar, por ejemplo: del paso de grupos de ocupación a consumo.

Eso sí, lo que estos diferentes trabajos tienden a compartir es que suponen que personas viven en un espacio de posiciones al que sociólogos podemos acceder si contamos con las herramientas necesarias. Y esto, de hecho no tiene nada de malo, pues es efectivamente donde radica el trabajo de los “clasificadores”. Desde el punto de vista de una sociología de las clasificaciones, sin embargo, surgen otras preguntas muy importantes que quedan lejos de resolverse. Sólo para mencionar algunas: ¿cómo se conectan en la práctica conocimiento sociológico, formas de medición estadísticas, y la producción de “grupos” con representación política?; ¿cómo personas lidiamos con múltiples formas de clasificación pública producidas por sociólogos, estudios de mercado, economistas y otras agencias (o cómo ser del quintil 3, D y trabajador de servicio al mismo tiempo)?; y más generalmente,¿ cómo es que determinadas formas de clasificación se hacen públicas y solidas cómo para que sociólogos terminemos asumiendo a personas agrupables en torno a pocos ejes y que seamos los llamados a mapearlas?.

José Ossandón

La dictadura del dato

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Vivimos en un mundo inundado por infinitas encuestas, estudios y datos acerca de las personas.  De distintos colores, instituciones y formatos, todos vienen con la promesa de la última cifra: la fotografía perfecta del momento. En buena medida, la ubicuidad del dato se explica por el hecho de que crecientemente las instituciones han descubierto que el verdadero valor de las encuestas no radica necesariamente en la capacidad de representar, sino en su potencial para gestionar y promover una visión de la realidad propia y de paso instalar las descripciones pertinentes a su proyecto. En política, por ejemplo, la competencia ya no es por las interpretaciones sino por los instrumentos, y el que no tiene los suyos propios, está obligado a navegar en el turbulento mar de los datos ajenos.

Los datos duros, aparecen así como el insumo perfecto para el debate 2.0. Entregan el ultimo porcentaje para ser twitteado, el ultimo grafico de torta para demostrar y convencer cual es la tendencia adecuada y refutar, de paso, argumentos contrarios. Permiten decir mucho en muy poco. A esta abundancia de “datos” se sigue una democratización en las interpretaciones. Un mismo dato, en manos distintas, genera por seguro versiones distintas, que viene a oponerse a las versiones que vienen desde otros datos. Hoy día somos miles los analistas de turno navegando y haciendo sentido de estos porcentajes. Como planteaba Mike Savage, la encuestas hace tiempo dejaron de ser monopolio de las ciencias sociales.

En buena medida esto se vincula a la temperatura de la batalla electoral: basta con observar el imparable murmullo de interpretaciones y lecturas de encuestas resaltando el mejor atributo del candidato o estudiando la tendencia general. En su versión más sofisticada, los análisis electorales son hoy más acerca de las estrategias de muestreo y diseño que sobre el candidato; como si fuera posible llegar a ciencia cierta al “dato” irrefutable, o, para el enemigo, demostrar definitivamente la inexistencia del “dato”. En esta nueva cultura del dato, manejar y comprender conceptos como error muestra, nivel de significación o correlación se ha transformado en “skills” clave para todo buen comentarista y periodista político.

Con todo, seria pecar de localismo atribuir esta ubicuidad de las encuestas y los datos al clima electoral. La hegemonía del “datos duro” esta presente en muchas otros espacios, en los cuales se ha transformado en la forma por antonomasia de representar la realidad. Las empresas se desviven para producir y administrar la torta que muestra la tendencia adecuada o reconocer los patrones de consumo y las variables que cortan adecuadamente. Encontrar el “dato” muchas veces garantiza el comienzo o el fin de una campaña o estrategia comunicacional. En los medios, un buen dato duro, es el pasaporte seguro a la edición dominical: “la gente quiere datos duros” me explicó un periodista mientras hablábamos de clases medias e identidad. Yo agregaría: la noticia hoy día, la fotografía, la imagen, nuestro propio espejo, es el dato duro.

Hay algo de espejismo en todo esto. Se pasa por alto muchas veces el hecho no menor de que los datos a los cuales se hace referencia son también construcciones. Es preocupante que esta pregunta acerca del dato, algo muy común en academia, no se haya masificado de igual manera que el uso de encuestas. En su versión más común, la encuestologia muchas veces se limita a la muestra pasando por alto las posibilidades y limitaciones que se esconden en la producción de datos y mediciones de sociales. Esta pregunta no es menor, y de hecho está detrás de buena  parte de la sociología contemporánea (ver por ejemplo: Boltansky, Law,Rose)

Es necesario, pues, volver a la pregunta por la construcción del dato duro. Propongo tres puertas de entrada Primero los datos no son lo que miden, son generalmente indicadores para medir otra cosa. De hecho, generalmente la relación entre pregunta y lo que estas apuntan a medir no es transparente. Esta separación entre la realidad y el dato es un tema crucial. Nadie puede asegurar que todos los entrevistados entienden todos los atributos de un candidato de la misma manera, sin embargo muchas veces se considera como si hubiera sido así. Como lo saben muchos, el arte de preguntar y saber hacer preguntas explica muchas veces un resultado u el otro (ver por ejemplo el debate entre la encuesta UDP y la encuesta Adimark PUC acerca del rol del estado)

En segundo lugar, la producción datos implica una apuesta por hacer los temas cuantificables y comparables. Este proceso no es menor involucra estrategias de clasificación y estandarización que cumplen un rol central en la definición de los datos. ¿Qué estrategia de clasificación esta imperando? ¿Cuales son los regímenes de valor que hay detrás de ella? ¿Qué cosas están quedando afuera de estas clasificaciones? Preguntas como estas son centrales por cuanto muestran la compleja relación entre lo social y su representación.

Finalmente, es necesario también pensar en las relaciones que se establecen entre los datos duros y la realidad que aspiran a representar. Muchos sociólogos se han inclinado a entender esa relación como mutuamente constitutiva: las encuestas y estadísticas no solo describen sino que son centrales en producir a los actores que describen. Ejemplos sobran, las categorías ocupacionales son muchas veces fruto de las estadísticas de ocupación; las tipologías de votantes son muchas veces consecuencia de las técnicas de medición, lo mismo pasa con los atributos o elementos que aparecen o dejan de aparecer en un estudio. Por esto mismo es necesario pensar en las implicancias que tiene definir y medir las cosas de una cierta manera. Bajo la dictadura del dato, aquello que no es medido no existe y la forma en que a uno lo clasifican tiene implicancias acerca de lo que uno es.

El sociólogo Mike Savage recientemente argumentaba una crisis de las ciencias sociales empíricas, en parte como consecuencia de esta masificación y banalización del “dato”. Creo que la cultura del “dato duro” no debiera necesariamente motivo de queja o aplauso, sino un llamado a la comunidad académica no solo a difundir sus técnicas de investigación, sino también a difundir interpretaciones y estándares reflexivos para evaluar los datos con que nos evaluamos, clasificamos y tomamos decisiones.

Tomas Ariztia

Positivismos.

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En grupo de lectura de equipo académico de Sociología discutimos este artículo de Steinmetz (pdf). El texto es interesante pues conecta el apogeo de la sociología “positivista” desde los cincuentas en EEUU con el surgimiento del Estado Fordista y la guerra fría. Dicho muy simple, las nuevas demandas de investigación de lo social en contexto de Estado de Bienestar y de guerra fría abrieron nuevas fuentes de financiamiento, pero que exigían un tipo de investigación particular (regularidades, datos duros, etc.), lo que a su vez permitió un giro en el tipo de sociología dominante (de tipo positivista). A pesar de lo interesante del argumento, algo que discutimos y no pudimos acordar muy claramente es ¿qué definiría a la sociología positivista? Según el mismo autor esto no es fácil ya que muy pocos sociólogos aceptarían esta etiqueta para sus propios trabajos y el artículo parece titubear entre diferentes definiciones. De esta forma no queda muy claro cual es el blanco, y de hecho, y que tan lejos es lo que uno mismo hace de una sociología de este tipo. Quizás, podemos girar un poco la discusión, y asumir que en la dificultad de Steinmetz hay algo más general: no una crítica a un tipo de sociología, pero una forma de argumentar sociológicamente. En particular: situar el propio trabajo entre dos polos: uno positivista y otro anti-científico.

Por ejemplo, según ha explicado Swedberg, Weber intentó terciar entre dos conflictos relacionados entre sí: entre la división de su época entre ciencias de la naturaleza y ciencias del espíritu y por otra entre la economía histórica y la crecientemente relevante economía abstracta y formal desarrollada por la Escuela Austriaca. Weber más que quedarse en uno de los lados de la discusión, intentó mediante sus tipos puros y ciencia de la interpretación, una salida, no tan formal pero científica. Parsons en su primera gran obra, por su parte, ve una tensión entre una ciencia social positiva (donde lo social se entiende como algo más allá de las voluntades particulares, cómo un sistema de plantas) y una tendencia a renunciar al conocimiento acumulativo en la sociología. A su juicio tanto los clásicos de la sociología cómo los economistas neo-clásicos son parte de un movimiento confluyente hacia un camino diferente, una ciencia basada en la acción voluntarista. Es decir, ciencia social acumulativa pero que no evita el análisis de las dimensiones subjetivas y normativas de la vida colectiva.

El mismo Parsons tiene problemas al lidiar con Durkheim. Esto pues, Durkheim al mismo tiempo representa el paradigma del estudio social “positivo” (famosamente dedicado al estudio de “hechos sociales” que son externos y coercitivos) mientras que en su obra más tardía propone un análisis de la co-producción de lo colectivo en lo sagrado. En efecto, J. Alexander ha sugerido que una forma de salir de los problemas del Parsons tardío (en este contexto, perdido entre sistemas) es profundizando la manera que Durkheim entendió la cultura como un ámbito de producción continua del mundo social. Desde este punto de vista una “sociología cultural” estudiaría científicamente la producción del sentido colectivo.

Por su parte Giddens en sus Nuevas Reglas sugiere que sociologías influidas por Wittgenstein y la fenomenología permiten el desarrollo de un nuevo método de investigación. Este asumiría la centralidad de la interpretación, pero ya no sólo de parte del sociólogo, sino que de todos los actores. Vida social y sociología se producen con el mismo material (sentido e interpretación) y por lo mismo están íntimamente conectadas. La nueva ciencia social no debe intentar hacer “externo” sus objetos de observación. Sin embargo, es central situar la interpretación en un contexto estructural, que si bien no es ontológicamente diferente a la vida cotidiana, lo trascendería en tiempo y espacio. Para esto Giddens rescata trabajos del joven Marx, diferenciando de esta forma entre un Marx más enfocado a la evolución de fuerzas históricas y otro donde la transformación, o praxis, están en el centro.

Más desde la discusión teórica de la antropología, Bourdieu intentó conectar el análisis desde la experiencia vivida y la estructura. Por una parte, para evitar lo que más tarde denominará como falacia escolástica, crítica aquellos que asumen conocer la racionalidad práctica de las personas a priori, por lo que debemos estudiar en terreno la forma cómo se vive cotidianamente. Sin embargo, a su vez, defiende la importancia de mantener una división clara entre cómo se vive y se explica el mundo. El problema con perspectivas muy centradas en la experiencia sería que confunden ambos planos. A la hora de entender la situación más general, cientistas sociales, con la ayuda de herramientas como estadísticas u otros datos agregados, deberíamos entonces situarnos en un espacio más abstracto desde donde es posible entender lo que los actores son muchas veces incapaces de ver.

Todos estos ejemplos tienen en entonces un elemento común, sitúan su propio trabajo entre dos polos: uno de exceso positivista y otro donde es se niega la ciencia. Al mismo tiempo, parece haber una tendencia a encontrar estas mismas tensiones en autores anteriores (tales como un Marx joven y viejo, el Durkheim del suicidio y de las formas elementales, o el Parsons de la acción o el de los sistemas). En este contexto, el lado positivo se asocia al trabajo de diferentes tipos de sociólogos en cada caso: así por ejemplo Steinmetz parece estar hablando de autores como Coleman o Lazarsfeld, Parsons habla de sociologías de la evolución tipo Spencer y el Marx tardío, y Giddens discute con el primer Durkheim. Dadas las grandes diferencias entre cada autor, podemos suponer entonces diferentes nociones de positivismo en cada caso. Al mismo tiempo, vale la pena mencionar que cada vez hay una forma diferente de sociología no-científica (por excesivo énfasis en casos específicos, por la incapacidad de producir marcos teóricos coherentes, o por excesivo rol de experiencia vivida e interpretación). Por último, es posible además encontrar los elementos que generalmente se asocian con el positivismo que toma cada autor: un énfasis en producción de regularidades, la importancia de la comparación entre diferentes momentos y situaciones, o la disciplina como una empresa acumulativa.

En suma, quizás en vez de intentar definir claramente lo que es una sociología positivista, podemos asumir que una forma tradicional de argumentación sociológica es situarse entre dos extremos: uno positivista y otro anti-científico y así lo que se entiende por “positivista” varía en cada caso. En efecto, es claro en el mismo texto que da pie a este comentario, al mismo tiempo que se crítica la sociología cuantitativa de los sesentas, se desarrolla un análisis de la historia de la sociología basado en una aproximación causal y con variables independientes (Arreglo Institucional), intervinientes (Campo de la Sociología en EEUU), y dependientes (Estilo de investigación sociología).

José Ossandón

Sociologías de los Rankings. José Ossandón

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[REFERENCIAS EN LINKS]

No cabe duda los rankings están en todas partes. Hoy hay miles de rankings que comparan personas (desde las pruebas de selección universitaria hasta todas las mediciones de riesgo a las que nos enfrentamos cuando firmamos un nuevo contrato comercial), empresas, universidades, ciudades y países (en múltiples dimensiones cómo educación de niños, competitividad, IDH, felicidad, etc.). Junto con la creciente relevancia de este tipo de medición en el mundo contemporáneo se han multiplicado las formas de aproximarse a ellos desde las ciencias sociales y en particular de la sociología. En los siguientes párrafos distingo cinco diferentes sociologías de los rankings, y al final hago un breve comentario sobre algunas de las consecuencias políticas conectadas con cada uno de estos niveles.

  1. Los métodos de producción de escalas cuantitativas de comparación social, cómo también las diferentes formas de analizar estos datos han estado presente en las ciencias sociales desde sus inicios. Sociólogos (y en general todos quienes practican ciencias sociales) participan en discusión y desarrollo de nuevas formas de producir comparaciones numéricas entre diferentes identidades sociales (tales cómo personas, organizaciones o países). Generalmente el trabajo en este contexto tiene que ver con la delimitación del fenómeno a estudiar (por ejemplo: el nivel de productividad entre diferentes investigadores) y su operacionalización en dimensiones, indicadores y tests u otras formas de recolección de información. Una parte importante de la educación de métodos de la investigación social en los pregrados de sociología tiene en efecto que ver con desarrollo de este tipo de herramientas. Un área interesante de discusión en este contexto tiene que ver con las controversias sobre diferentes formas de medición y comparación, que pueden limitarse a discusiones más bien técnicas o estar incluso en el centro de la polémica pública.
  1. Las herramientas de la sociología son centrales también en el análisis de rankings sociales, los que generalmente pueden ser  de carácter “descriptivo” o “estructural”. En el primer caso se describen las principales variables estudiadas (por ejemplo mediante medias, curvas de distribución, etc…), mientras que en el segundo la distribución de estas son relacionadas con otros factores cómo edad, sexo u origen socioeconómico. El análisis estructural a pesar de que ya no tiene el peso hegemónico de antaño es sin duda un mundo en sí mismo, que va desde la presentación de tablas de contingencia hasta los más sofisticados análisis de regresión. Quizás uno de los ámbitos de mayor difusión de este tipo de análisis son aquellas comparaciones entre “niveles de desarrollo” y “desigualdad” o la comparación de resultados en test internacionales de educación y el nivel socioeconómico de los hogares. El análisis estructural, dado su peso objetivo, tiende a ser muy importante en decisiones de políticas sociales, ya sea que se orienten por principios acción racional o public choice o busquen la “cohesión social” o la disminución de desigualdades sociales.
  1. Rankings son también objeto de crítica en cuanto reducen prácticas sociales complejas a indicadores abstractos y comparables jerárquicamente. Este tipo de crítica es generalmente realizada por defensores de métodos cualitativos y etnográficos de aproximación al mundo social. En este mismo contexto, pero en un nivel más general, rankings son criticados en la medida que no sólo representan pobremente lo que observan, sino que también violentan las prácticas sociales observadas, en cuanto los resultados de mediciones terminan imponiéndose sobre ellas. Por ejemplo, es posible argumentar que la complejidad de educación en salas de Chile no sólo no es representada por tests internacionales, sino que además educación en el aula se ha simplificado desde que se mide de acuerdo a los resultados de estas mediciones. Este tipo de discusión se relaciona con controversias sobre la protección de determinados espacios sociales a la cuantificación (tal cómo se realiza por ejemplo en aquellos países donde no se permite la evaluación numérica a estudiantes hasta cierta edad).
  1. Cuarto, rankings pueden ser estudiados cómo medios generalizados de comunicación. Rankings, como el dinero, son abstracciones que permiten la comparación y trasmisión de información particular y compleja de forma simple o al menos comparable. Rankings actúan en este sentido de forma similar a un transformador de música análoga a digital, simplificando y al mismo tiempo aumentando las posibilidades de transferencia de información. Rankings hacen comparables situaciones muy diferentes (tales como los resultados académicos entre un departamento de arte y uno de ingeniería, o el riesgo de invertir en China o en Isla de Pascua) y de esta forma aumentan las opciones de intercambio entre múltiples actores y organizaciones (por ejemplo: entre hacienda y educación o entre inversionistas y productores sin idiomas comunes). No obstante lo anterior, al mismo tiempo que simplifican el mundo, rankings permiten el surgimiento de nuevos niveles de complejidad. Por ejemplo, cómo se ha discutido para el caso inglés más medición no necesariamente hace administración más simple, o la proliferación y extensión de formas de clasificar riesgo en las finanzas son centrales en desarrollo de “bienes derivados” los cuales a su vez han aumentando el riesgo del sistema global.
  1. Por último,  el proceso de producción de rankings y aplicación de rankings también puede ser estudiado como un proceso social en sí mismo. Desde esta perspectiva aparecen cómo elementos relevantes dos procesos diferentes: la conmensuración y la enacción. Conmensuración (o también “inversiones en formas”) refiere al lento proceso necesario para la producción y aplicación de un ranking. Esto incluye además del trabajo “técnico” de decidir y producir los instrumentos, controversias que trascienden los equipos de expertos. Por ejemplo: muchas veces rankings se relacionan con organizaciones preocupadas con levantar determinados temas (cómo consumo ético o libre mercado), o también deben pasar larguísimos procesos de harmonización (PDF) con tal de hacerse comparables (por ejemplo: para ingresar a OECD o si una revista académica intenta ser parte de ISI). Hoy día estos procesos trascienden largamente discusiones nacionales y son parte importante en procesos de producción de nuevas instituciones globales. Sin embargo, una vez establecidos los rankings, se transforman en una nueva cosa en el mundo social que aparece como una caja negra para los actores que se enfrentan a ellos. El estudio de la enacción entonces se interesa en el seguimiento de la vida social de ranking como un “objeto social” ya producido y en particular de cómo estos transforman la realidad a la que se enfrentan. Uno de los temas más discutidos en este contexto, es aquellos casos donde la introducción de elementos de clasificación cuantitativa terminan por cambiar lo que mide haciéndolo más “calculable” y “competitivo” cuestionando el borde entre lo observado y el instrumento de medición. Sin embargo, también es muy importante el papel que tienen rankings – y en general mediciones estadísticas – en surgimiento de nuevos actores – como una nueva categoría ocupacional -, redes globales y nuevos mercados, instituciones de representación colectivas – como los ciudadanos en Europa, e incluso el surgimiento de nuevos grupos de afectados que surjan de efectos colaterales de una nueva medición (cómo personas que dejen de ser pobres y recibir beneficios sociales ante un cambio de medición).

En suma rankings son objetos de múltiples caras y es posible aproximarse a ellos desde muy diferentes perspectivas. Es importante considerar finalmente que desde cada una de ellas se abren diferentes áreas para las políticas contemporáneas. Así desde el primer tipo de análisis surgen controversias sobre diferentes maneras de medición, que al mismo tiempo se asocian a diferentes enfoques sobre determinados problemas públicos. Por su parte, decisiones expertas hoy tienen mucho que ver con la posibilidad de elaborar análisis cuantitativos serios que permitan establecer un tema como tal (basta pensar en el informe Stern y su impacto en discusión sobre calentamiento global). En otras palabras, análisis estructurales no son sólo centrales para el desarrollo científico, sino que en producción de decisiones políticas. Al mismo tiempo es importante pensar en la protección de determinadas áreas ante los efectos de la comparación cuantitativa, cómo en otros potenciales efectos colaterales de los rankings. Por último, rankings son motores centrales de producción de nuevos entes sociales lo que los transforma inevitablemente en parte central de en los foros híbridos actuales. En este sentido, controversias no son sólo sobre diferentes enfoques ante determinadas mediciones sino que de la responsabilidad en la producción de nuevas “entidades” naturales y sociales.